31
may
2012
Asistimos a la Indy 500: La carrera redonda

Hoy en día, y sobre todo en Europa, la Fórmula 1 acapara casi toda nuestra atención del deporte automovilista. Pero si alguna vez, por casualidad o queriendo, te dejas caer por la ciudad de Indianápolis en el mes de mayo, vivirás una experiencia con ruedas "slicks" que ya no podrás olvidar.

Las "500 millas de Indianápolis", o "Indy 500" para abreviar, o incluso la "500" para los más incondicionales, es una carrera de coches que se corrió por primera vez el Memorial Day (en el que se rinde homenaje a los caídos por EEUU) del año 1911. Desde entonces el óvalo del Indianápolis Motor Speedway ha sido escenario de épicas gestas de los mejores pilotos de monoplazas de la historia. Para alguien que vea por primera vez la carrera, como ha sido mi caso, todo sorprende, sobre todo por la inevitable comparación de la rígida, estricta y aséptica Fórmula 1, en la cual el aficionado nula oportunidad tiene de acercarse a respirar el ambiente que se cuece en el "paddock" o no digamos ya en los "boxes".

La Indy 500 es una mezcla de fiesta, conmemoración y carrera en la que todo el mundo participa. Desde primera hora de la mañana desfilan soldados, bomberos, "majorettes", veteranos, colegiales, …mientras escuadrillas de aviones de guerra realizan pasadas rasantes. Un pequeño pero increíble museo contiene reliquias que pilotaron Jim Clark, Jackie Stewart, Graham Hill, Mario Andretti, Emerson Fittipaldi, Nigel Mansell…o los héroes locales como A.J. Foyt o Al Unser. Además, los antiguos bólidos y "midjets" de la época arrancan sus rugientes motores y se dan unas vueltas en una parada de clásicos cuyo atronador sonido quita el hipo.

El acontecimiento es un evento nacional en el que hasta el personal que controla los accesos, los servicios de boxees o de pista llevan 20 ó 30 años siendo fieles a la cita. Al igual que los más de 225.000 espectadores que acuden, de todas las edades, provenientes de todos los lugares. Cualquiera puede pasearse antes de las vueltas de calentamiento por la pista, la zona de boxes, o ver cómo los mecánicos ordenan, preparan y limpian el equipo en el "pitlane". Incluso, si te pones en una cola y pacientas, un piloto profesional te da una demencial vuelta al circuito en uno de los Chevrolet de servicio Pace Car. Este año ha sido especial, puesto que las 200 vueltas de carrera (y la victoria conseguida por Dario Franchitti) estaban dedicadas a Dan Wheldon, fallecido en la carrera de la IndyCar de Las Vegas el pasado año. A la entrada, todos los asistentes recibían unas conmemorativas gafas de sol blancas que replicaban a las que gustaba utilizar habitualmente el malogrado piloto.

La salida prologada por el venerable ex-piloto y jefe de escudería Roger Penske se realizó este año siguiendo el protocolo del himno nacional, el himno de indianápolis el "Dios salve a la velocidad" y el contundente "Damas y caballeros, enciendan sus motores". El espectáculo está servido y los 33 monoplazas inscritos comienzan a levantar a los aficionados de sus asientos vuelta tras vuelta, a pesar de los 40 grados sobre el circuito que tuvieron que soportar. Nadie se perdió ni un momento de las tres horas del carrusel a una velocidad media de más de 350 kilómetros por hora. Para hacerse una idea de la tensión que emana del óvalo, durante las 200 vueltas hubo más de treinta cambios de liderato, alternándose espectaculares adelantamientos entre Marco Andretti, Scott Dixon, Takuma Sato, Tony Kanaan y un increíble grupo en el que el español Oriol Serviá se batió con fiereza e inteligencia acabando en un fantástico cuarto lugar.

El final de infarto, cuando Sato intentó un adelantamiento imposible al finalmente ganador Franchitti en la última vuelta, mantuvo en vilo a los miles de asistentes. El largo día pasa tan rápido como los monoplazas y, a última hora, sólo queda pasarse por alguna de las tiendecitas del circuito y comprarse una camiseta de recuerdo o una botella de leche como la que usan los ganadores de la Indy 500 para brindar y ducharse después de la carrera, en lugar de la típica botella de vino espumoso. Tradición esta la de la leche que se impuso en 1936 desde la bolsa de Nueva York para favorecer su consumo. Mientras tanto, el ganador de este año (y ya van tres), el escocés Dario Franchitti, recibía las felicitaciones de su esposa, la bella actriz Ashley Judd, y de paso se embolsaba los 2,5 millones de dólares que recibe el ganador de este increíble espectáculo que se desarrolla a 400 kilómetros por hora.

Os dejo un vídeo del óvalo grabado desde el Pace Car, un Chevrolet Camaro Cabrio en el que nos dieron una vuelta rápida, justo unos instantes antes de que comenzara la carrera:

Por: Juan Luis Soto

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