15
may
2012
Aficionados de toda la vida o seguidores del piloto de moda... para todos hay sitio en las gradas de Bernie

Sólo faltaban unas lianas al más puro estilo de una cinta de Tarzán, de la que se recolgase algún ejemplar de aquella variada fauna hipercolorista donde las castas se difuminan, las tribus las marcan la epidermis de los coches y comunizan una banda de nórdicos borrachos (a las once de la mañana) con unos colegas de Badajoz que siguen a un rubiales amigos de los helados de chocolate.

Como en una escena del oeste, los dos bandos avanzaban por los alrededores del trazado; se quincaron en la lejanía del aparcamiento y ya se identificaron como 'el enemigo'. Se acercaron lanzándose miradas disimuladas mientras los rostros se iban tensando. Uno de los bandos se siente traicionado porque su héroe les dejó tirados el año pasado en favor del otro y se vieron obligados a poner sus bienpagadas camisetas en subasta por quedar automáticamente desactualizadas.

Los representantes del equipo receptor del carrerista sonreían ufanos por llevar a gala tener un piloto que ya había sido Campeón, mientras que el que ponía nombre a las espaldas 'del enemigo' no era un carrerista galardonado con ese premio y por ello… er… peor. Al cruzarse en la entrada del circuito los rayos ignífugos salían de los ojos de todos y avanzaron por las escaleras haciendo como que iban sólos hasta encontrar los asientos en pleno graderío justo enfrente de donde iba a tener lugar la salida. La Tribuna Principal ocupaba la superficie de varios campos de fúmbol, pero no, no hubo manera, los dos grupos tuvieron que sentarse uno al lado del otro, y uno de los integrantes soltó un "¡vaya, hombre, nos han tenido que tocar al lado los guiripollas estos!".

La carrera comenzó, todos perdieron la voz en un intento inútil acallar el ruido de los coches, las diferencias desaparecieron como por arte de magia, y la prueba acabó con los dos tipos representativos de los colores de estos aficionados encaramados en un cajón de madera. Los dos grupos abanderados terminaron con problemas de estabilidad, relacionados con la Ley de la Gravedad, tras haber compartido vino nacional procedente de una bota de vino con un animal cuadrúpedo grabado a fuego.

Hubo abrazos, intercambio de Facebooks, los rubiascos norteños bebieron vinagre español, y la pandilla extremeña se zamparon unos pringosos bocatas nórdicos. Se acabó la pelea, todos amigos. Al final todos celebraron que el carrerista huido de un clan para adherirse al otro hiciera una fenomenal carrera. Disfrutaron juntos los enemigos cromáticos.

Científicos y antropólogos del deporte de la velocidad, que también los hay, se ponen las botas en cada Gran Premio y disfrutan cual enanos de peli guarra cuando otean el horizonte de la zona comercial de cada carrera. Alemanes que se bajan del avión disfrazados de Schumacher en su época roja. Un colega que lleva una gorra con un coche del tamaño de una tele mediana en la olla. Más banderas que en la sede de la ONU. Tipos tatuados de las orejas a los tobillos con logos de equipos, marcas, serpientes y volantes. Tipejas de interrogante origen con tetas enormes y taconazos de vértigo que parecen sacadas a lazo de un puticlub de carretera, cogidas de la mano de un madurete barrigudo ataviado cual mecánico de Lotus. Familias al completo con la nevera eternamente azul repleta de tortillas, filetes empanaos y cervezas fresquitas infinitamente más baratas que las que venden en el interior de las instalaciones. Grupos de señoras arregladas como para ir a una boda que se abanican con energía. Un grupo de cordobeses con la pata de jamón echada a la espalda, "pa que no farte de ná", dicen.

Los sociólogos de la F1 dicen que un gepé viene a ser algo así como un festival musical del Madrid de los años 80, los de "La Movida". Punks, rockers, rockabillies, technos, pijos, progres, fachas, rojos, heavies, 'los de Mecano' (que no tenían nombre, sino que eran 'Los de Mecano'), los de la copla, los cañeros… tribus urbanas que convivían en un ecosistema común y cuyo epicentro terminaba siendo el mismo: la música. Pues en la Fórmula 1 es igual, es la música de los motores el que los pone de acuerdo a todos… cuando empiezan a sonar, las diferencias se disipan.

El único distingo que los más talluditos se esfuerzan en remarcar es esa absurdidad que dictamina que 'ej que yo soy de la F1-de-siempre, y no soy un compragorras nacido a la sombra de Alonso'. En su teoría, el recién llegado a la competición no es un aficionado, sino un oportunista de la pasión, que traga lo que le echen del astro ovetense si con eso incrementa aún más su recién adquirida afición sin dar excesivo valor al resto de la manada. Al novicio eso de ser 'aficionado de los de siempre' se la pela y sencillamente se dedica a disfrutar de lo que otro, sencillamente, descubrió antes.

Haber sido tempranero en algo siempre es más sufrido: en casa no comprenden tus madrugones por ver a unos tipos corriendo al otro lado del planeta, explicas lo buena que es 'tu' deporte ante interlocutores que no hacen pregunta alguna y que parecen estar más pendientes de la caída de una hoja arbórea que de tu discurso, y eso de que "fulano le ha metido tres décimas a mengano" ejerce sobre ellos el mismo efecto que el estornudo de un mandril en Manila… o sea, ninguno. No existe el "Efecto Mariposa" en el planeta velocidad.

Ya lo hemos dicho muchas veces: en Españistán (y por ende a los latinoparlantes) no gusta el deporte, sino sus ganadores, y por ende las audiencias, ya sean televisivas, de internet o en los diarios y medios especializados, decae de manera dramática cuando 'el héroe de la jornada' es ajeno a la nacionalidad en cuestión. Esto no es bueno ni malo, sino natural. Ahora en Venezuela hacen palmas con las orejas por el desempeño de Maldo, en México se han vuelto locos con Checo, o de golpe, las compañías aéreas no dan a basto trayendo y llevando a nacionales que no se mataban -lo siento- por Heikki, pero mueren por Kimi Mathias Raikkonen. Al planeta le encanta ser cateto; los localismos... venden.

Que las estrellas del deporte arrastren masas no sólo es bueno, sino que un verdadero aficionado debería estar hasta agradecido… esos fans sobrevenidos harán más grande el deporte, se interesarán por él, aparecerá un mayor interés de los medios por la especialidad, fluirá más información, y puede que muchos se queden para siempre. ¿Que hay zoquetes que parecen ser la Enciclopedia Británicae de las carreras porque se leen un par de güebs y han arrepellado cuatro datos mal pillaos?, pues claro, es normal, pasa en todas las especialidades y todos son los que inventaron la rueda, pero es consustancial al espíritu humano y por tanto inevitable.

La F1 es como el sexo: cauno tiene sus preferencias y cauno la disfruta a su manera. Los hay que son felices llegando tarde y con un resacón del XV encima; otros, más profesionales, asoman en el circuito con el alba ataviados con su disfraz de fanático y sus banderas, o incluso los que van de traje, no porque les guste la elegancia del dandy británico, sino porque se han escapado de la boda de un primo que puñeteramente coincidía con el magno evento.

Pero a todos ellos hay que reconocerle su pasión, las ganas y su reciente descubrimiento. La única pega que trae añadida es que en cualquier mercado abierto -los vuelos por ejemplo- a mayor interés, mayor mercado y con ello mejores precios. Contrariamente la F1 es un monopolio, en el que Bernie echa cuentas y dice "a mayor interés, vendrán más y la taquilla será mejor". Al final, todos somos hijos de Bernie… bueno... y clientes.

(Y cuando des con uno que sepa menos que tú y lo sepas na más verlo, no discutas con él, es inútil).

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