24
ago
2012
Brawn se nos queja de que las carreras son impredecibles. Echa de menos cuando arrasaba en Ferrari o con su equipo... lógico

Ross Brawn se pone paños calientes en pleno agosto. Sufre -hasta ahora- en silencio y los éxitos que se curra no le terminan de llegar. Estos días se ha descolgado con unos palabros en contra de una de las constantes que más nos divierten a todos: la imprevisibilidad de las carreras. Brawn preferiría saber contra quien hace su guerra en lugar de tener que andar disparando contra todos. Bueno, nadie dijo que esto fuera fácil.

El problema gordo para el técnico británico es que tié pinta de que Mercedes se pira al acabar esta temporada, porque con la excepción de Toyota, a los de la estrellita su única victoria, desde que ruidosamente llegaron a la F1 tras décadas alejada de ella, les ha costado un Congo y casi más que a ningún otro (al menos hasta donde alcanza la vista). Se calcula que cada año el equipo se pule 150 minolles de leuracos, que en este tercero suman la bonita cifra de 450 minolles de cholones desde que llegaron a cambio de esa pírrica -aunque loable- victoria del Príncipe de Beckelaer en donde fabrican el chisme electrónico en el que esto lees (si, en China, zoquete).

Ahora el ingeniero nuclear devenido en millonario expropietario de un equipo con su propio nombre se anda quejando de que "eso de que nunca sepamos quien va a ganar es chungo pa la F1" y pide equipos líderes y referencias claras que si no el aficionariado se pierde. Er, guan moment

Cuando este buen señor ejercía de Comandante en el Ejército Rojo con Schumi al volante ganaron cinco coronas consecutivas para sopor, muermo y aburrimiento general del respetable… ¿y ahora se queja de que un enorme signo de interrogación revolotee por cada pista los domingos por la mañana y cree que las carreras son chungamente "inesperadas"? Eso es precisamente la esencia de las carreras, Rooooooss, y precisamente saber con relativa facilidad quien va a ser el que se acabe subiendo en lo más alto del cajón en la tarde del domingo, no es tan divertido como esperar que algún desafortunado rompa su motor en los últimos giros, que otro se salga, que al siguiente se le pinche una rueda, y el segundo piloto de un equipo ramplón que en su día de gloria tenía previsto acabar cuarto, termine celebrando esa noche la primera victoria de su apresurada vida.

En la F1 de hoy los coches apenas se rompen, los carreristas arriesgan poco o nada en los últimos giros de las carreras sabedores que tienen más que perder de lo que pudieran ganar, y la pléyade de sensores junto al trabajo de adivinación que los estrategas de los equipos equipados con sus ordenadores hacen al más puro estilo "El Mentalista", saben prácticamente todo lo que puede ocurrir, y el índice de sorpresas es realmente bajo. Precisamente por eso, el aficionado medio se relame las comisuras de los labios y encuentra sabor a Chupachups Kojak aunque haya comido pollo asado cuando el tío de la tele dice "nuestros espías nos dicen que está prevista lluvia en los últimos veinte minutos de carrera".

Automáticamente los colegas que cambian las gomas parecen aquejados del Mal de San Vito, los responsables del muro sufren ataques de tortícolis en sus pescuezos mirando patrás a ver si su gente no se columpia en las paradas, y los pilotos se encomiendan al Dios de la Lluvia, sus manos y una buena ración de suerte para acabar indemnes en uno de los bailes más congénitamente puñeteros que la civilización humana ha podido ver alguna vez: 24 tíos a 300 por hora donde el resto de los mortales con dos dedos de luces encenderían una estufa casera y ni se atreverían a salir a la calle… puro espíritu suicida. Eso son las carreras: mismas reglas, mismos truños que comerse y sálvese quien pueda con una sola idea en la olla, ver la bandera a cuadros con un ojo, y con el otro al segundo clasificado al más puro estilo Fernando Trueba.

Esto si que son las carreras, lo otro, desde el punto de vista del espectáculo, no pasa de ser una procesión de pueblo de tercera. Lo que no valora nuestro héroe es que con una temporada de veinte carreras, los que sean realmente rápidos, los buenos y los eficaces, saltarán por encima de los 'oportunistas' que se lleven al coleto alguno de los trofeizados logotipos del Santander.

Ross Brawn se la clavó a todos con el chirimbolo aquel del difusor de doble plano y se lo llevó muerto en 2009 en un año insultante para el resto. Los compañeros de curro preguntaban a Virutas… "¿Brawn, que es eso, un patrocinador, y los Ferrari, y los Güilians esos, no ganan o que, donde están?". Les sonaba raro de ©0∫0π3$™ que un coche del que jamás habían oído hablar en su vida estuviera ganando de calle todas las carreras. Aquella anomalía en el Matrix de las carreras no le chirriaba a Ross Brawn, pero si que su equipo ahora, una escudería muy generosamente pagada por Mercedes no haya conseguido abrirse hueco en tres años de la mano del heptacampeón Schumacher entre los-a-día-de-hoy líderes indiscutibles Ferrari-McLaren-Red Bull, en una terna imbatible en esta segunda década del vigesimoprimer milenio.

El británico grazna, patalea y arremete contra las propias bases del deporte al verse impotente con fuego graneado desde el podium, el resto de equipos, los que llegan desde abajo y le zumban, el tener que currar como un encofrador agosteño cada domingo para colarse en los puntos y para colmo, que se diga que el año que viene, Mercedes se abre y llega AMG, una filial "menor" dentro del organigrama de la compañía (y de rebote, otra marca que se pira, pero esta es otra viruta)

Brawn tiene la luz pagada hasta que se jubilen sus nietos; se habla de que cuando vendió su equipo, los creadores de la Mercedes Vito soltaron un camión Unimog cargado de billetes de 500 sobre su testa que sumaban alrededor de 120 minolles de lauros. Algunos fueron para el fisco británico, otros para algún socio, pero Ross puede permitirse vivir de las rentas hasta que cumpla 400 años. Esos mismos, deben estar arrepintiéndose de haber usado como slogan la lapidaria fraseja de "Lo mejor o nada", porque huele a que van camino de justamente lo segundo, de la nada, de que hacen las maletas, vamos.

El Truqui de Maggi del difusor de doble plano se acabó, y el filón de potra (y dinero) que aquello le trajo se agotó. La vida es larga y dura, Ross… pos agárrame la estrella.

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